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 Neurología y metafísica del libre albedrío

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Arturo
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MensajeTema: Neurología y metafísica del libre albedrío   Dom Mar 15, 2009 1:48 am

Disclaimer:
Estoy conciente de que este tema definitivamente no pertenece a la categoría de literatura, pero a falta del espacio apropiado (ciencia y filosofía, tal vez), me veo forzado a publicar este ensayo aquí. Recordemos que, cuando es preciso galardonar a algún filósofo con el premio Nobel, es el de literatura el que le entregan.
Wink


Introducción

† Dark Söul † escribió:


"Cada cual se fabrica su destino.".

- Miguel de Cervantes Saavedra


"No labra uno su destino; lo soporta.".

- Gustave Le Bon


¿Ustedes qué piensan?

El contraste entre las dos citas que amablemente reproduce Dark Söul pone de manifiesto uno de los problemas más fascinantes de la historia de la filosofía: la cuestión del libre albedrío. En este ensayo no pretendo más que dar mi opinión al respecto, y exponer las razones que me han hecho pensar de tal forma. Mi intención no es ofrecer ningún argumento original, sino hacer una breve revisión de los descubrimientos científicos que más han influido en la trayectoria del debate.
Ahora bien, por mucho que me gustaría creer que los seres humanos tenemos la maravillosa capacidad de forjar libremente nuestro futuro, la evidencia empírica, así como una buena parte de la argumentación filosófica contemporánea, parece apuntar a que Le Bon está en lo correcto.

Algunos descubrimientos científicos importantes

En los años setenta, Benjamin Libet, un reconocido neurólogo del departamento de fisiología de la Universidad de California, San Francisco, llevó a cabo una serie de experimentos con la intención de determinar cuáles eran los estímulos mínimamente necesarios para producir una sensación conciente en una persona. Sin embargo, un resultado inesperado de estos experimentos fue que era necesario esperar 500 milisegundos antes de que los estímulos aplicados a los sujetos de la prueba produjeran dichas sensaciones. Prima facie, no parece haber nada extraño acerca de este hecho, pues a la mayoría de nosotros nos resulta natural pensar que hay una relación causal entre los estímulos que recibimos y las sensaciones que experimentamos. No obstante, quienquiera tenga un poco de experiencia en el tenis de mesa sabe muy bien que una respuesta efectuada medio segundo tarde bien puede ser la diferencia entre una gran victoria y una apabullante derrota. El hecho, pues, es que los seres humanos normalmente respondemos a los estímulos que recibimos en un lapso de tiempo menor a 500 milisegundos; pero, si nuestra conciencia de esos estímulos no tiene lugar hasta después de ese lapso de tiempo, ¿cómo es esto posible?
La explicación es que nuestras respuestas inconcientes son mucho más rápidas que nuestras respuestas concientes, lo cual solamente suscita otra cuestión. Si lo anterior es correcto, nuestros movimientos en una partida de tenis de mesa deberían de ocurrir medio segundo antes de que pudiéramos ver la pelota. Esto es obviamente falso, lo cual nos lleva a pensar que la percepción consciente del estímulo debe de estar ajustada de tal forma que parezca coincidir con la respuesta inconciente a ese estímulo.
Ahora bien, la teoría de Libet explica muy bien ciertos aspectos del mecanismo de percepción de nuestro cerebro, pero no resuelve un último problema. De acuerdo con esta teoría, nuestro cerebro registra y procesa los estímulos que recibe 500 milisegundos antes de que nosotros tengamos conciencia de los eventos que nos rodean; pero, ¿qué sucede con nuestra capacidad para tomar decisiones? Tradicionalmente, se ha concebido esta capacidad como una facultad de la conciencia, es decir, algo que hacemos sólo cuando estamos concientes. Si nuestra conciencia presentara un retraso de 500 milisegundos con respecto a los eventos que percibimos, ¿cómo sería posible decidir de qué forma golpear la pelota en una partida de tenis de mesa? ¿Cómo sería posible decidir hacia qué lado girar el volante del coche si se nos atraviesa una vaca en la carretera? Para el momento en el que estuviéramos concientes de que la vaca se nos atravesó, no habría ninguna decisión qué tomar, pues la vaca ya estaría en nuestro parabrisas.
La respuesta a la cuestión anterior es que, así como nuestras acciones deben de realizarse antes de que nos demos cuenta, nuestras decisiones ya deben de estar “tomadas” antes de que deliberemos concientemente acerca de qué curso de acción tomar. La evidencia empírica parece confirmar esta conclusión.
El experimento que comprueba la teoría de Libet se realizó de la siguiente manera. Al sujeto de la prueba se le pidió que, cuado él quisiera, moviera la muñeca; la única condición es que tenía que reportar el momento en el que tomara la decisión de moverla. Libet configuró un osciloscopio de tal forma que el sujeto pudiera usarlo como una especie de cronómetro súper exacto para reportar el momento de su decisión. Mientras tanto, un electroencefalógrafo registraba el “Potencial de Disposición” (también llamado Bereitschaftspotential o Readiness Potential, abreviado BP o RP) del sujeto. El RP es una señal eléctrica que produce el cerebro aproximadamente 800 milisegundos antes de que el sujeto realice una acción.

El resultado del experimento fue que los sujetos reportaban haber tomado una decisión medio segundo después de que el electroencefalógrafo hubiera registrado el RP de la acción que habían decidido efectuar. Subsecuentes investigaciones han demostrado que es posible predecir las decisiones que toman los sujetos hasta diez segundos antes de que estos reporten haberlas tomado concientemente.

Algunas consideraciones metafísicas pertinentes

Ahora bien, estos experimentos parecen dar soporte a una antigua imagen mecanicista del mundo, un legado de la revolución científica del siglo XVII y las ideas de grandes pensadores como Galileo, Francis Bacon, Descartes y Newton. De acuerdo a esta imagen, el comportamiento del mundo puede ser entendido en términos de ecuaciones matemáticas y leyes de la naturaleza. Galileo, por ejemplo, habla de “este gran libro del universo… que no puede ser comprendido a menos de que uno empiece por comprender el lenguaje y leer el alfabeto en el cual está compuesto. Está escrito en el lenguaje de las matemáticas, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es humanamente imposible entender ni una palabra de él”.
¿Por qué las matemáticas juegan un papel tan importante en la imagen mecanicista del mundo? Porque las leyes de la naturaleza han de ser expresadas por medio de ecuaciones o funciones matemáticas. Una función matemática es básicamente una relación entre dos variables tal que el valor que se le asigne a la primera variable determina el valor de la segunda. El significado de “determina” en la oración anterior es muy estricto: para cada valor de la primera variable, llamada a veces variable independiente, argumento o “entrada”, existe un y sólo un valor para la variable dependiente, o “salida”.
Ahora bien, permítanme realizar un breve análisis de la relación entre las leyes naturales y las funciones matemáticas. Afirmar que una ley de la naturaleza puede ser descrita por una función matemática, significa afirmar que existen por lo menos dos fenómenos A y B que guardan una relación causal tal que las propiedades o magnitud de A determinan las propiedades o magnitud de B. La idea central de la imagen mecanicista del mundo, pues, es que todo fenómeno del universo puede ser relacionado de esta forma con algún otro fenómeno. Esta idea ha sido denominada “determinismo causal”, y puede ser ilustrada por medio de un experimento mental conocido como el demonio de Laplace.
El demonio de Laplace es una entidad hipotética que posee algo así como una mente infinita. Esto quiere decir que dicho demonio es capaz de realizar instantáneamente un número infinito de cálculos e inferencias. Partiendo del supuesto de determinismo causal, si el demonio de Laplace tuviera conocimiento de la posición de cada átomo del universo, así como el conocimiento de las leyes naturales que rigen el comportamiento de esos átomos, el demonio podría no solamente predecir todos los acontecimientos del futuro, sino inferir también todos los acontecimientos del pasado.
La idea que subyace a la conjetura del demonio de Laplace es que el estado actual del universo no es sino un efecto de todos los estados por los que éste ha pasado y la causa de todos los estados por los que éste mismo ha de pasar. Pero, ¿qué lugar ocupa la mente y, sobre todo, el libre albedrío en este cuadro del universo?

La concepción científica de la mente y sus implicaciones

Descartes, uno de los visionarios detrás de la imagen mecanicista del mundo, irónicamente no imaginaba cómo la mente humana podría encajar en dicha imagen. Ciertamente, la mente debe de ejercer algún efecto sobre el mundo, pero, ¿cómo podría una entidad tan abstracta como la mente ser ella misma el efecto de un suceso físico?
Una idea influyente en la filosofía de los últimos 40 años es que la mente podría ser explicada científicamente si tan sólo pudiéramos mostrar que ésta, en realidad, no está compuesta más que de materia. Si los estados mentales, tales como las creencias, deseos y emociones, no fueran más que estados químicos del cerebro, no habría razón para pensar que la mente debe de ocupar algún lugar especial en nuestra visión del mundo. Finalmente, si la mente consistiera en un simple trozo de materia, entonces no habría ningún impedimento para explicarla en los términos de la física.
La posición anterior, denominada “fisicalismo”, ha sido severamente cuestionada de varias maneras. Lo cierto es que la posibilidad de reducir las entidades mentales a entidades físicas, de entrada, suena ya muy inverosímil; pero esa no es la única forma de explicar la mente de forma científica y mecánica. Una explicación de este orden no requiere probar que la mente sea un trozo de materia; eso sería pedir demasiado.
Lo único que una teoría científica de la mente tiene que mostrar es, en primer lugar, que la mente efectivamente forma parte del orden causal del mundo (ese “divino laberinto de los efectos y de las causas” del que tanto habla Borges). En segundo lugar, esta teoría tiene que establecer cuáles son las leyes naturales que rigen la mente, es decir, las leyes psicológicas del pensamiento (cfr. la noción de “leyes lógicas del pensamiento” en el clásico ensayo de Gottlob Frege titulado “El pensamiento”). De hecho, existe una teoría que promete cumplir ambas condiciones.
Sin entrar en detalles, la teoría computacional de la mente afirma que la mente puede ser entendida como una computadora, i.e., un procesador de información. La idea es que la mente es un sistema que adquiere información a través de los sentidos y que cuenta con un conjunto de algoritmos que transforman esa información en estados mentales como creencias, deseos y emociones. De esta forma, nos encontramos en la posición no solamente de poder explicar la relación causal que existe entre los fenómenos físicos y los estados mentales, sino de poder establecer cuáles son las leyes del pensamiento en términos de funciones y algoritmos. Un algoritmo es un procedimiento mecánico para calcular el valor de una variable. Si existe un algoritmo para calcular el valor de cierta función, se dice entonces que esa función es computable. En este sentido, se concibe a la mente como una computadora, un sistema compuesto de algoritmos.
La teoría computacional de la mente, desde luego, no está exenta de problemas, pero nos proporciona una explicación científica bastante sensata del funcionamiento de la mente. Esto nos permite seguir avanzando con la cuestión que había propuesto al comienzo de este ensayo. Dada esta concepción mecánica de la mente, ¿qué sucede con el libre albedrío?

El libre albedrío y la responsabilidad moral

Es importante evitar confundir el determinismo con otras teorías que niegan la existencia del libre albedrío. El asunto no se trata de que nuestro destino sea dictado por los dioses griegos ni nada por el estilo. El determinismo no niega que un hombre libre pueda actuar conforme a sus deseos. Lo que sí afirma es que esos deseos no tienen origen en su persona, sino que son causados por una serie de condicionamientos sobre los que este hombre no tiene ningún control.
La importancia del concepto de libre albedrío radica, pues, en que se encuentra estrechamente ligado al concepto de responsabilidad moral. Si partimos de una definición del libre albedrío de acuerdo con la cual actuar libremente significa elegir un curso de acción entre varios cursos posibles, creo que es más fácil apreciar el problema.
Ahora bien, el libre albedrío es una condición necesaria para la responsabilidad moral. Es muy intuitivo pensar que uno no puede ser responsable por aquellas acciones que realiza cuando no tiene otra alternativa. El problema con el determinismo, entonces, resulta evidente:
Si nuestros deseos y decisiones son una función, esto es, dependen de nuestra crianza y los estímulos que hemos recibido toda la vida, así como de ciertas predisposiciones genéticas, parece que no hay nada que nosotros podamos hacer para cambiar el curso de acción que vamos a tomar. En sentido estricto, pues, parece que ni siquiera hay otros cursos de acción posibles. En este sentido, nadie fabrica su destino; todos lo soportamos. Por lo tanto, nadie puede ser responsable por nada de lo que hace.

Conclusión

Si bien estoy conciente de que he presentado el problema de forma un tanto burda, creo que he tratado los temas con la suficiente profundidad para dejar claro cuáles son mis razones para, por lo menos, dudar de la existencia del libre albedrío. Solamente me gustaría añadir que todas las respuestas que conozco al problema del libre albedrío me resultan sumamente paradójicas, y que la respuesta ofrecida en este trabajo no es ninguna excepción. Espero tener la oportunidad, en otra ocasión, de examinar una las propuestas más originales de nuestros tiempos: el compatibilismo.

Fuentes

Sobre los experimentos de Benjamin Libet, consúltese Hankins, Peter. 2005. “Benjamin Libet – A Short Delay”. Conscious Entities (texto en línea) <http://www.consciousentities.com/libet.htm> Sin lugar a dudas, el blog de Peter Hankins es uno de los mejores recursos en línea sobre filosofía de la mente.
Sobre la visión mecánica del mundo, vid. Crane, Tim. 1995. “Introducción”. La mente mecánica: introducción filosófica a mentes, máquinas y representación mental. Almela, Juan (Trad.) 2008. México, DF: FCE. pp. 22-29. Dicho sea de paso, este libro constituye una excelente introducción a la teoría computacional de la mente. John Searle asegura que es la mejor introducción al tema que conoce.
Sobre un modelo mecanicista de explicación científica, vid. Hempel, Carl Gustav. 1942. “The Function of General Laws in History”. The Journal of Philosophy, Vol. 39, No. 2. Con toda seguridad, Hempel escribió un mejor tratado al respecto, pero éste es el único que yo he leído.
Sobre la distinción entre leyes psicológicas y leyes lógicas del pensamiento, vid. Frege, Gottlob. 1918. “El pensamiento: una investigación lógica”. Ensayos sobre semántica y filosofía de la lógica. Valdés Villanueva, Luis Manuel (Trad. y comp.) 1998. Madrid: Tecnos.
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MensajeTema: Re: Neurología y metafísica del libre albedrío   Lun Mar 30, 2009 5:02 pm

Vaya... esto es sin duda más de lo que esperaba, y definitivamente tengo que analizarlo mucho más a fondo. Justo ahora no tengo computadora, así que mi tiempo es limitado, pero quería dejar por escrito que estoy al tanto de este ensayo y que sin duda, lo leeré más profundamente tan pronto me sea posible. Mientras tanto, ya le dì un vistazo (un poco a la ligera) pero pude darme cuenta de algunos de los términos y conceptos que manejas y que evocan a ideas encontradas y un tanto polémicas. Y eso, apreciados lectores, es justamente lo que buscamos aquí en la CVD.

Me adelanto a agradecerte por el ensayo, Arturo; sin embargo, me tomaré el tiempo para leerlo detenidamente y poder emitir una crítica más apropiada.
Gracias por tu aporte, es justamente de esto de lo que se trata la CVD. Veamos que opinan los demás integrantes, que desde luego, también son libres de escribir sus impresiones personales.

Un gran saludo a la Comunidad Dark, y lo mejor para ustedes. Auf Wiedersehen.

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